La historia de Moloka’i, una pequeña isla de Hawai, demuestra que los proyectos solares locales pueden hacer mucho más. Pueden convertirse en poderosas herramientas para la construcción de comunidades, la justicia energética y la autodeterminación.
Por KC Coryatt
Traducido por Alexandra Fortich
Continuando con nuestra serie de blogs que difunden estudios de caso del equipo de graduados en Política y Planificación Urbana y Medioambiental (UEP por sus siglas en inglés) de Tufts sobre proyectos energéticos de propiedad comunitaria, nos fijamos en Hawai. Cuando hablamos de energía solar, es fácil centrarse en el ahorro de costes o los beneficios medioambientales. Pero la historia de Moloka’i, una pequeña isla de Hawai, demuestra que los proyectos solares locales pueden hacer mucho más. Pueden convertirse en poderosas herramientas para la construcción de comunidades, la justicia energética y la autodeterminación.
Moloka’i es una de las islas más rurales de Hawai, con una población de 7.400 hawaianos nativos. Con las tarifas energéticas más altas del país, más de 50 céntimos por kilovatio hora, los residentes pagaban precios desorbitados y tenían poco control sobre su sistema energético. En respuesta, los líderes de la comunidad se unieron para crear el Plan de Acción para la Resiliencia Energética de la Comunidad de Moloka’i y, más tarde, la Cooperativa Energética de Ho’ahu.

Lo que hace especial a esta cooperativa es lo profundamente arraigada que está en los valores de la comunidad. Los residentes no querían proyectos de energía renovable verticalistas de Hawaiian Electric que no reflejaran sus necesidades. Los residentes han soportado años de explotación por parte del gobierno estadounidense y los intereses corporativos. En lugar de seguir así, Ho’ahu se constituyó en 2020 como una organización dirigida por la comunidad centrada en la democracia energética. Eso significa que la población local, formada por muchos voluntarios, tenía voz directa en cómo, dónde y por qué se construirían proyectos de energías renovables.
Entre 2020 y 2022, Ho’ahu organizó más de 40 talleres públicos para dar forma a la visión de cómo serían los proyectos renovables. En estos talleres se trató todo, desde dónde colocar los paneles solares hasta cómo pagarlos y quién debería beneficiarse. Este profundo nivel de compromiso ayudó a la comunidad a sentirse dueña y orgullosa de su trabajo. No se trataba solo de electricidad, sino de construir poder en más de un sentido.
Dos proyectos solares se aprobaron a principios de 2024 y se espera que empiecen a construirse este año. Uno es un pequeño sistema en un centro recreativo local que podría servir de centro de resiliencia y suministrar energía en condiciones meteorológicas extremas. El otro es un sistema más grande, de 2,2 MW, cerca de la central eléctrica de la isla. En lugar de paneles en el techo, los residentes de Moloka’i se suscribirán al proyecto y ahorrarán alrededor de un 20% en sus facturas de energía. Además, la cooperativa se ha centrado mucho en el desarrollo de la mano de obra, formando a 30 residentes (gratuitamente) en instalación solar y mantenimiento de microrredes en los dos últimos años.
¿Qué tiene que ver esto con Salem?
Si la ciudad de Salem se plantea alguna vez un proyecto solar local, Moloka’i ofrece un poderoso modelo. Salem podría dar prioridad a la participación de la comunidad mucho antes de que se instale el primer panel, mediante talleres, encuestas y foros en los que los residentes den forma al diseño. Un modelo democrático, como el de Ho’ahu, garantiza que los beneficios de la energía limpia vayan directamente a la población local, no solo a las empresas o a los inversores externos.
Aunque puede que aún no tengamos las mismas leyes o asociaciones de servicios públicos que ayudaron a la iniciativa de Molokai’i a desarrollarse rápidamente, la lección principal sigue siendo: cuando los sistemas energéticos se construyen con la comunidad, hacen algo más que iluminar los hogares. Crean resiliencia, oportunidades y propiedad. Valores que Salem necesita ante un clima cambiante y una justicia medioambiental en alza. Puede leer más sobre este caso práctico aquí (p. 44).

